“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

martes, 13 de diciembre de 2016

"Reconocimiento"

Reconozcamos al verdadero Bergoglio
 y los frutos de la iglesia conciliar…







El outlet de la misericordia y del perdón




Extractos del artículo de Antonio Caponnetto sobre la última guarangada bergogliana, “Misericordia et misera”:


En la práctica, y bien escondido tras los ropajes de la indulgencia, esto derivará en una banalización de tan tremenda falta moral [el aborto], en una relativización y des-solemnización tanto del homicidio como de su eventual condonación sacramental. El cura qualunque –falto como suele estar de cualquier seria formación católica- que reciba en confesión a un abortista dispensará la absolución al homicida sin otra carga que traer a la parroquia algún alimento no perecedero para los pobres.
Lo mismo sucederá si se confiesa un adulterio o una vida contranatura o la práctica activa del travestismo. Alerta punitivo al tope, en cambio, si alguien llegase a reconocer, tras la extinta celosía del confesionario, que se entusiasmó en una corrida de toros (a favor del torero) o que contaminó la acera de su casa arrojando algún residuo sin reciclar.
La gravitas, aquella noble virtud que significaba peso, responsabilidad, severidad y seriedad, y que tan vinculada a la piedad estaba, quedará excluida del horizonte del penitente y del ministro. Es que la misma Carta Misericordia et Misera, que en buena hora “recomienda mucho [al clero] la preparación de la homilía y el cuidado de la predicación”[6], nada dice del celo que debe tenerse para administrar correctamente el sacramento de la penitencia o confesión, devenido hoy, en la generalidad de los casos,en un diálogo insustancial,consensuado y mecánico con el clérigo de turno.
En la cosmovisión bergogliana –y hasta aquí no cabe reproche- está claro que el confesionario no puede ser un salón de torturas. Pero tampoco puede ser una cafetería en la que dos conocidos se dan al charlismo amistoso y se despiden hasta próxima ocasión. Con sapiencia decía Louis Veillot, que el respetuoso y reverente atractivo de los tradicionales confesionarios, más consistía en estar ellos salpicados de penas, vergüenzas y dolores que chorreados con la sangre de un mártir. Es el estar rodeados de adoloridos arrepentimientos lo que suscita su búsqueda en el alma sana. No el parecerse a las cabinas de un cyber en la que se entra y se sale para hacer un poco de vida social y otro poco de humana catársis.
La confesión tiene pautas, condiciones, requisitos, exigencias. San Juan Nepomuceno es el Patrono de los Confesores, no Frantz Fanon. Y desde siempre se enseñó en la doctrina católica que existe la disciplina; esto es la posibilidad y la necesidad de una pena, de una sanción, de un castigo. Bienvenidas todas las formas del suaviter que la prudencia del clérigo juzgue conveniente. Bienvenido incluso el ritmo armónico y pedagógico de las fórmulas, tan descuidado. Mas recuérdese que fue Santo Tomás el que escribió con acierto: “A los hombres bien dispuestos se les induce más eficazmente a la virtud recurriendo a la libre persuasión que a la coacción. Pero entre los mal dispuestos hay quienes sólo por la coacción pueden ser conducidos a la virtud. ( Suma Teológica, I-II, q. 95, a. 1).

Paralelismos


Un escritor bastante inflado por los conservadores.



Uno que vuelve y otro que se va. El que vuelve (enhorabuena) es Mel Gibson a lo que mejor sabe hacer, dirigir películas; el que se va -de boca- es Juan Manuel De Prada, cansado y exacerbado según parece por sus propios detractores, que congratulándose del regreso del excelente director de cine, lanza un brulote petulante poco digno de su pluma generalmente demorada y, aunque cáustica, inteligente, dándonos ahora un artículo que más bien parece excretado por algún escriba de ese sonajero del diablo que es la Radio Cerianidad. Lejos cae de insultadores con más clase, de vituperios nada procaces y de las defensas de las buenas causas de nuestros Ramón Doll o Ignacio Anzoátegui, por ejemplo (y hasta de un Borges que sabía “el arte de injuriar”), a los cuales el español en cuestión no podría “paralelizarse”. De Prada defiende mal una buena causa. Veamos su artículo, al cual le agregamos nuestros comentarios (en rojo):

Vuelve Gibson

Si mañana resucitase Plutarco y se ofreciese a escribir mi biografía, sólo le pediría que escribiese de forma paralela la de Mel Gibson, un artista como la copa de un pino, un carca glorioso, un macho alfa (¿?) sin parangón en el globo terráqueo, un genio desembridado y sufriente al que han intentado mil veces crucificar. Pero Gibson cuenta con un Dios que sabe cómo salir de la tumba; y, aunque le lluevan ostias hasta en el carné de identidad (¡!), se levanta una y otra vez, viril y tumefacto, carcajeándose de todos los boquimuelles de la corrección política, meándose encima de todos los moderaditos de corazón duro y polla blanda (¡!) que ponen el grito en el cielo cada vez que Gibson suelta una procacidad o un improperio. Va por vosotros este artículo, patulea. (Lo que hace De Prada es simplemente identificarse con Gibson para despotricar contra sus propios impugnadores. Dedicar todo este espacio con improperios para los “moderaditos” no hace otra cosa que agrandarlos y darles una categoría que no tienen. Quien en verdad es el peor enemigo y no sólo de Gibson sino de cada uno de nosotros mismos somos precisamente nosotros mismos, nuestro hombre viejo que se resiste a negarse a sí mismo y tomar la cruz.)
Cuando ya parecía muerto y enterrado, vuelve Mel Gibson a la dirección con Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge), una película que mientras escribo estas líneas aún no he visto; pero ni siquiera necesito verla para intuir (¡para saber!) que será grandiosa (Por lo que sabemos De Prada pretende saber de cine, pero realmente sus opiniones al respecto distan mucho de ser lo autorizadas o convincentes que se suponen. En esta película de Gibson el héroe es un adventista y pacifista. ¿Dónde ha quedado su catolicismo? Al glorificar a este personaje lo único que hace es dar un mensaje ecuménico muy a gusto de los norteamericanos que aman la libertad religiosa y lo importante es “creer en Dios, sin importar la religión”; en estos últimos tiempos Gibson las va mejor con los protestantes –y, por lo que sabemos, con algunos judíos- que con los católicos), porque Gibson guarda en el pecho la llama del arte, que ninguno de esos mequetrefes que lo detestan podrá apagar jamás. Mel Gibson está inspirado por Dios (lo estuvo en sus dos grandísimas películas católicas, “La Pasión de Cristo” y “Apocalypto”, ¿lo está ahora?), alumbrado y calcinado por Dios; y aunque lo hayáis relegado al ostracismo, aunque lo hayáis metido en todas vuestras apestosas listas negras, aunque  hayáis conseguido que las masas cretinizadas abominen de su figura y lo tachen de machista, racista y no sé cuántas chuminadas más nunca podréis acallar su genio (cierto, ¿pero no es el mismo Gibson que con sus propios desbandes ha atentado también contra su genio?), que es como un magma ardiente que anega vuestra insignificancia de mingafrías, vuestra inepcia de eunucos que saben cómo se hace pero no pueden hacerlo. Y Gibson, que sabe cómo se hace y puede hacerlo con la misma facilidad con que se tira un pedo (sic), os va a golpear de nuevo con su arte hiperbólico de león rugiente (sic) que jamás podréis domesticar, con su desmesura épica y su arrogancia de cisne negro que levanta majestuoso el vuelo cuando ya creíais que lo habíais derrotado. Tendréis que inclinar vuestra testuz de bueyes capones ante la apoteosis de este toro salvaje que brama y embiste (¿y cómo termina el toro? Este español suponemos que lo sabe…); tendréis que morderos los lagrimones de la rabia y la impotencia, mientras os coméis atildadamente vuestra ración de alfalfa posmoderna, mientras seguís escudriñando las cagarrutas del arte anémico, asténico y sistémico que habéis entronizado. Y veréis de nuevo el humo de las ofrendas de Gibson alzarse orgulloso hasta el cielo, como Caín veía el humo de las ofrendas de Abel, mientras os corroe la envidia(¡¡¡!!!).
Nunca pudisteis perdonarle que fuera un católico acérrimo (cierto), de los que rezan en latín (por lo que sabemos, Gibson ha abandonado la práctica de la religión y se ha transformado en un pecador público), y follan a chorro libre (esa “libertad” que exalta De Prada lo ha llevado a Gibson al adulterio, al divorcio, al concubinato, a perder la mitad de su fortuna y a la necesidad de salir a protagonizar películas horrorosas y demorar su regreso a la dirección); nunca pudisteis soportar su versión salvaje de la Pasión de Cristo (¿salvaje o realista?), cuyos fotogramas caían sobre vuestra alma lechuguina y bardaje como el agua bendita cae sobre la piel del poseso; nunca pudisteis tolerar que se atreviera a filmar una película tan aguerrida y desorbitada, tan crudamente humana, tan desvergonzadamente divina (de acuerdo). ¡Estabais tan cómodos y satisfechos con ese catolicismo meapilas y sentimentaloide, almibarado y mansurrón, que predican los curas modositos! (cierto) Y justo cuando parecía que la batalla la teníais ganada llegó aquella película terrible, aquel insulto a vuestro humanismo sin Dios, aquel chafarrinón de sangre eucarística cayendo sobre vuestro traje de domingo sin misa (bien dicho). Pusisteis entonces a funcionar vuestra máquina de fango sobre aquel australiano (Gibson no es australiano, sino estadounidense) integrista (por su vida pública no lo parece) y macho (¿en qué sentido?); y como el australiano (que no, que es norteamericano, ¿te enteras?), además, turbulento y asaltacamas, colérico y borrachuzo, conseguisteis convertirlo en un apestado ante los ojos del mundo,  incluidos los ojos de muchos católicos puritanos que han olvidado que Dios se regocija llevando sobre sus hombros a la oveja descarriada que llora y pide perdón por sus pecados (cierto, no condenamos a Gibson, pero tampoco lo exaltemos ni lo pongamos por modelo, como parece hacer De Prada, sólo porque es lo opuesto a los que llama “moderaditos” y “meapilas”). Pero mientras el apestado Gibson era escarnecido y vituperado, mientras caía por los despeñaderos del descrédito y la ignominia, mientras todos los cretinos del planeta arrojaban paletadas de tierra, escándalo y olvido sobre el maldito que había osado proferir tantas blasfemias contra la religión de la corrección política, Dios seguía inspirándolo, alumbrándolo, calcinándolo con su beso de amante y de padre. Y aquí lo tenéis de nuevo, raza de víboras, redimido en la sangre del Cordero y dispuesto a seguir aturdiéndoos con su arte sin parangón, su arte hiriente y montaraz como un látigo de fuego (veremos).
Y, además de estrenar película, Mel Gibson anuncia que está preparando una continuación de la Pasión (Gibson no ha anunciado tal cosa; y ya muchos anuncios de posibles filmes de Gibson –entre ellos Cristiada- se dieron pero no ha realizado finalmente ninguno. Dios quiera que siguiera la vida de Cristo de la misma forma inspirada en que lo hizo), para celebrar que cree en un Dios que sabe salir de la tumba (bueno, si rehiciera su vida sería más demostrativo de su fe; las películas que hizo y produjo últimamente no demuestran eso), y también sacar de ella a los apestados que el mundo entierra. Preparaos, patulea, porque vuelve Gibson, y os va a partir la jeta a pollazos (el optimismo visceral de De Prada se da de frente con la realidad; es sabido que luego de la Pasión los distribuidores –que sirven a sus amos judíos- boicotearon mayoritariamente Apocalypto. No otra cosa sucedería en mayor escala con otra obra católica, por buena que sea. Sin dudas se verían enormemente contrariados los supuestos personajes a que De Prada alude, pero el logro de Gibson no estaría dado en su condición de “macho”, “borrachón” y “asaltacamas”, pues sabemos que en tiempos de realizar “La Pasión” era un católico de la Tradición que rezaba la misa tridentina en el set de filmación).

Finalmente, De Prada parece confundir las cosas y oponer al catolicismo almibarado, sentimentaloide y mansurrón de Hollywood o Zefirelli, la figura misma de Gibson en su turbulenta vida, cuando el modelo para el católico –que bien propuso el mismo Gibson- es el Cristo de su película. Además el héroe de su película es un típico WASP, más cerca del Hollywood de De Mille que de su “Pasión”.  Ciertamente, los artistas suelen ser personajes tormentosos y nada ejemplares. Por eso debemos entender lo que nos dicen sus obras, donde suelen elevarse por encima de sí mismos. Así por ejemplo, quizás le convendría a De Prada, en vez de admirar las bravatas de Gibson –a quien siempre hemos defendido por su coraje y su talento, y por quien rezamos para su completo regreso al único redil- recordar otro católico modélico propuesto por Chesterton y que el Padre Castellani describía de esta manera:


"Chesterton no ha perdido su inveterada afición al símbolo. El Padre Brown es el Católico tal como lo ven los ojos protestantes y tal como es en realidad, el católico visto por fuera y por dentro. El curita petizo, cara de luna, simple, distraído, insignificante, extraño y vago ('Oh, you líttle celibate simpleton!', solteroncito zonzo, le dice Flambeau en el momento en que creyendo haberlo vencido está en realidad en sus manos), es un ser soportable y bueno, pero que se deja a un lado hasta que se llega a un atolladero. Pero cuando se llega a un atolladero (y todo mortal llega por lo menos a un Atolladero), entonces el curita tonto se crece como un campanario, dice una palabra extraña, una palabra misteriosa que es una explosión de magnesio que ilumina todo: porque ve las cosas como son, y los otros sólo las apariencias" ("Crítica Literaria", II, Gilberto K. Chesterton – La Apologética, D!CTIO, Bs. As., 1974, p. 142).

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