“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

miércoles, 24 de mayo de 2017

Cuentos perdidos por ahí


LOS PERIÓDICOS
Flavio Mateos






Corría el año 2008 cuando en la República Democrática de Barataria se llegó a erradicar por completo la peste del analfabetismo. Las campañas masivas de vacunación lograron poner a la pequeña república en el concierto de las naciones más civilizadas del Nuevo Orden.

De tal manera se puso fin al atraso, que todo el mundo en Barataria leía su periódico a la mañana, y muchos, además, su edición vespertina. A quien no podía agenciárselo, debido a un ocasional y pasajero estado de miseria, hambre o desocupación, le era proporcionado gratuitamente por la Secretaría de Noticias. Fue en esos años de fervor cívico y apogeo de la cultura ciudadana, en esos tiempos donde nadie se sentía con derecho a estar desinformado, y no había excusas para ello, fue entonces cuando el Dr. Marengo presentó el primer simio en el mundo capaz de leer el periódico. Entiéndase, de leerlo en silencio, porque aún no aprendía a articular palabras.

Se trataba del orangután Cecilio, que se había acostumbrado, con su ración de plátanos y manzanas de la mañana, a leer las noticias de última actualidad. Cuando el Dr. Marengo lo anunció al país a través de la prensa, nadie pudo sorprenderse demasiado, ya que los adelantos de la ciencia nos tienen acostumbrados a esta especie de evolución “forzada”, donde animales y hombres interactúan en sincronizada función. No obstante, se creyó que el simio sólo era capaz de interpretar determinados signos que le eran afines a su realidad cotidiana y su idiosincrasia. Pero, las ansiosas cámaras de la TV y los innumerables fotógrafos captaron sorprendidos el interés casi dramático con que Cecilio se informaba de la realidad.

Con admiración, fisiognomistas experimentados observaron al detalle los cambios producidos en las facciones de este Proteo, que de acuerdo a la noticia leída, se volcaba en preocupación vital, miedo, angustia, o franca sonrisa cuando leía la página de los chistes. Del tipo atlético-epilectoide podía pasar al tipo esténico-hiperpituitario, y así su biotipología mutaba asombrosamente, sin perder jamás la reconcentrada atención sobre las páginas del diario. Hay que decir, por supuesto, que la condensación de la información y las ideas habían vuelto los periódicos en símiles reducidos y compactados de, por así decirlo, la Enciclopaedia Britannica. La ciudadanía sabía todo lo que había que saber a través de los periódicos, y no necesitaba más.

Un matutino del interior, precipitadamente, había llegado a anunciar a Cecilio como una prueba viviente de la evolución, y daba la bienvenida a este hallazgo que pondría definitivamente al hombre en el lugar que le correspondía. La luz del saber derrotaba definitivamente al oscurantismo.

Las exhibiciones de Cecilio en teatros capitalinos fueron exitosas, y obligaron al Dr. Marengo a realizar tours por el interior, donde el orangután se sentaba en su jaula –siempre en horas de la mañana- a leer los periódicos, mientras el público contemplaba alborozado la vibración en el rostro del mono, la disparidad de expresiones, la alternancia de emociones como en un bebé. El día que leyó en primera plana sobre la ola de atentados en su natal Singapur, arrojó el matutino en un rincón y se negó a seguir leyendo, hasta que el Dr. Marengo lo convenció regalándole tres naranjas de ombligo. Así, el animal fue mostrado en toda la república y en los países limítrofes. Pero fue al regresar a la patria cuando la verdad fue descubierta.

El Dr. Marengo debió ser internado debido a una descompensación renal, luego de pasar una noche de jolgorio, pues había estado celebrando la distinción otorgada por la Asociación de Periodistas de la Academia de Ciencias, que lo honró con el premio más importante de la década. El orangután quedó solo en dependencias del laboratorio “Calcocidemo”, donde el doctor residía. Hasta allí se acercó un ávido y audaz periodista, que no veía en todo aquel prodigioso acto sino un vulgar acto de fino adiestramiento, tal vez de hipnotismo. Lo que en realidad descubrió fue un vero caso de idiotismo.

Entrando sigilosamente al laboratorio, descubrió amostazado que el orangután Cecilio no sólo no sabía leer, sino que ni siquiera era un orangután. Era un hombre, un vulgar mimo que provisto de maquillaje y apliques de vello tinturado, había estado engañando pícaramente a todo el país. “No podía ser -se dijo el periodista- que un simple gorila, una bestia peluda, realizara una labor tan ardua como leer un periódico, ese símbolo y resumen de la civilización, ese cúlmen de la ilustración que era capaz de igualar al pueblo y a la ciudadanía toda. Seremos iguales entre nosotros –concluyó- pero no somos iguales a esa cosa”.

No obstante encontrarse poseedor de la noticia más impactante del año, el periodista llegó a un arreglo monetario con el Dr. Marengo. Claro que el descubrimiento de esa dolorosa verdad podía dar por tierra con los avances científicos que postulaban la ínclita teoría distribucionista y evolucionista del saber, y los grandes grupos editoriales no podían volver atrás. Sería una falta de urbanidad.

Cuando Cecilio leyó en el matutino más importante el obituario de aquel periodista, su rostro compungido lanzó algo así como un berrinche. Afortunadamente estaba a su lado el Dr. Marengo, que, exultante, le proporcionó un cacho de bananas y una dosis extra de periódicos.

En la República Barataria ya no hay analfabetos. Y, dentro de poco, según anuncia el Plan Quinquenal, tampoco habrá analfabestias. El progreso es para todos, sí señor. 



Tomado de “Cuentos Pequeños”, Editorial Dunken, Bs. As., 2011.

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