“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

sábado, 10 de junio de 2017

El macaneo



Macaneo.


“Nosotros, que vivimos en el país de los macaneadores, es decir, de los confusos, los confundidos y los confusonarios, conocemos ese mal: es el que puede traer la perdición del país. El macaneo es una palabra argentina y es también una industria nacional, quizás la más floreciente que tenemos: dudo que haya en el mundo, sin exceptuar el Uruguay, país más productor de macaneo y más confusionado actualmente que el nuestro. Cuando la confusión se extiende a la cosa religiosa, ese fenómeno es fatal”.


P. Castellani, Domingueras prédicas II, Pág. 231.



Un comentario interesante sobre Francisco, acá :

Un poco a la manera de aquellos procesos naturales llamados «de sustitución sucesiva», en que una sustancia suplanta a otra conservando sus accidentes (un ejemplo de esto es la fosilización) y que de un modo absoluto y único, sobrenatural por su causa y por su efecto, se da en la Eucaristía, así debía llegar un momento para la iglesia infiltrada, para la iglesia clandestina promovida en rauda sustitución de la Católica, en que aquélla diera al traste con las formas para aparecer al fin en toda su desnudez, sin subterfugios, con su rey desnudo proclamando la inminencia de su «iglesia pobre para los pobres». Nescis quia tu es miser et miserabilis et pauper et caecus et nudus. Serían los tiempos del papa peronista, última e insospechada encarnación del princeps tal como lo concibiera la funesta contra-tradición política que nos viene de Marsilio de Padua y Maquiavelo, elevado esta vez al gobierno eclesiástico. Algo así, muy a su manera, como la simbiosis de las dos espadas: un pontífice, si tanto, que asume las mañas de los tiranuelos de republiqueta, haciendo tabla rasa de la constitución divina y las prerrogativas de la Iglesia y barriendo la casa con escoba de acero, al par que infligiendo papocesárea injerencia en la política de los Estados, trátese de las campañas electorales o los convenios por el cambio climático. Es la sorprendente proyección universal de un tipo humano criado en el caldo de la sociedad porteña del siglo XX en el período en el que confluía la primera generación de hijos de inmigrantes transmarinos ávidos de "hacer la América" con la migración interna de los "cabecitas negras", ese confuso entrevero humano listo para elevar a líderes con agudo sentido de la oportunidad y desordenado amor propio. 


De acá, de este cambalache social no muy apto para el ocio meditativo y para la alta filosofía, un joven Bergoglio habrá hecho carne aquel axioma de Juan Domingo que reza que «la única verdad es la realidad», y que pese a su imprecisión pudiera interpretarse en clave realista si la metafísica peronista no se caracterizara por suplir la categoría de sustancia por la de conveniencia. Ese rabioso pragmatismo (que supone un anti-intelectualismo, un escepticismo inconmovible, y que impregna desde la base toda la aprehensión de la realidad de un sujeto así conformado) es el que se manifiesta en un Francisco dispuesto -según propia confesión- a encerrar a los teólogos en una isla con tal de que lo dejen avanzar en la síntesis ecuménica con los protestantes; el que truena contra los «especialistas del Logos» y el mismo que declara por escrito, para rubor del fondo blanco de la página, que «no hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable». Lo suyo, su «evangelio» que corrige al de Nuestro Señor, es el de los vendedores de seguros que siempre esbozan una sonrisa para ofrecer un accesible lenitivo a las ásperas contiendas sublunares. Humano, demasiado humano (como el pecado consentido, la ofuscación de la conciencia y la impostura entronizada), a Francisco le importa ante todo «escuchar los latidos de este tiempo y percibir el “olor” de los hombres de hoy»: nada de proclamar la Verdad y condenar el error; nada de señalar a «los hombres de hoy» lo que la Iglesia debe enseñar a los hombres de siempre. Porque -según lo testimonia con inobjetable rigor documental el libro que tratamos- para Francisco poco importa la religión que se profese cuanto nuestra «humanidad común» con budistas, animistas y ateos.


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